La casa de fin de semana del comandante del Tercer Cuerpo, a pocos kilómetros del centro clandestino La Perla, fue también un reducto de desaparición, tortura y fusilamientos durante la dictadura. Pero todavía se sabe muy poco de lo que pasó en ese predio. Infojus Noticias viajó hasta el lugar acompañado de Luis Gerchunoff, hijo de Salomón, uno de los dirigentes más importantes del Partido Comunista de Córdoba que estuvo secuestrado allí.
Por: Laureano Barrera
ANTECEDENTES
§ El centro clandestino que funcionó
en un chalet en medio del valle de...
Una radio a todo volumen
astilla el silencio habitual de la sierra cordobesa. Proviene de una casa vacía
que tiene las paredes de piedra. Luis Gerchunoff tira la colilla de un
cigarrillo y remonta el camino que lleva hasta el portal. Está inquieto. Con 53
años, se dirige por primera vez a la estancia “La Ochoa”, donde Luciano
Benjamín Menéndez mantuvo cautivo, torturado, desecho, a su padre Salomón
Gerchunoff. Lo acompañan un capitán del Tercer Cuerpo de Ejército, su chofer, y
un equipo de Infojus Noticias que ha llegado
hasta ese lugar, a ocho kilómetros del centro clandestino La Perla.
—Pudo haber sido acá—
murmura Luis, ya en el lugar, asomado en puntas de pie a una de las ventanas
que dan al subsuelo. Hay dos habitaciones de servicio comunicadas con una
cochera. Camina por el perímetro pero no puede entrar: a pesar de la
autorización del juzgado federal de instrucción 3 de Córdoba, a cargo de Miguel
Hugo Vaca Narvaja, el capitán designado por el coronel Juan Domingo Gómez Olmos
no tiene la llave.
El predio del Ejército
es tan grande que ocupa una superficie similar a la ciudad de Córdoba. De las
14.000 hectáreas que ocupa, 11.000 están afectadas a la Reserva Natural de
Defensa de la Calera. Hoy en día es un campo de adiestramiento militar. En el
mismo predio, a una decena de kilómetros de distancia, está La Perla, el campo
de concentración más grande de la provincia, donde pasaron entre 2.500 y 3.000
personas.
—María, una de mis
hijas, ayer me preguntó por qué venía, si no me iba a hacer mal –cuenta ahora
Gerchunoff-. Y yo le decía que no, que tengo que dejar de imaginarme el lugar
por dónde pasó mi padre, y su abuelo: volverlo tangible. Así uno va cerrando
incertidumbres.
Rumores y misterio
Durante el juicio oral
por los crímenes de La Perla, que lleva más de dos años de audiencias, muchas
veces se mencionó a la estancia La Ochoa. Pero los recuerdos siempre son
difusos y están rodeados de misterio. El primero en nombrar el predio fue
Héctor Ángel Teodoro Kunzmann, el 7 de marzo de 2013. Cuando le preguntaron por
“la casa de piedra”, Kunzmann respondió que “sabía de la existencia de ese
lugar, nunca estuve, pero escuché que cuando llevaron algunos abogados de
derechos humanos o del PC habían usado ‘la casa de piedra’”.
Esa fue la historia que
asomó, por episodios, en el juicio: un grupo de abogados comunistas llevados
para tratar cara a cara con Menéndez.
Otros testigos fueron
agregando datos: María Patricia Astelarra habló de una matanza de cuarenta
prisioneros en enero o febrero de 1976. Cecilia Suzzara habló de un campo de
simulación donde los soldados eran engañados haciéndolos creer que estaban en
manos del enemigo. Pero quién dio el relato más espeluznante José Julián
Solanille, un arriero que habitaba los campos del Tercer Cuerpo: “Vi a Menéndez
dándole órdenes (a un batallón de fusilamiento) para que dispararan a las
personas. Yo estaba escondido con un amigo en una lomita y pudimos verlos. Eran
más de cien jóvenes, muchos con los ojos tapados, con las manos atadas... Otros
hasta los pies atados tenían. Les disparaban y caían en un pozo que les habían
hecho cavar", dijo Solanille, según refirió la periodista Marta Plattía
en Página 12.
El 21 de octubre de
2014, el Equipo de Antropología Forense encontró huesos astillados y quemados,
partes de cráneos y un pedazo de tela de color blancuzca en los viejos hornos
de cal, un kilómetro más arriba de la ubicación de la estancia. Después del
cotejo de ADN, se determinó que se trataba de Lila Rosa Gómez Granja, Alfredo
“Freddy” Sinópoli –novio de Lila-, Ricardo Saibene y Luis “Lucho” Santillán.
Eran cuatro estudiantes desaparecidos la mañana del 6 de diciembre de 1973.
Viaje al fin de la noche
A Salomón Gerchunoff,
abogado que defendía a obreros y presos políticos, lo detuvieron una noche de
mayo de 1977. Se bajaron de siete a nueve hombres, de civil, y desenroscaron el
foco del palier. Beatriz, la mayor, se estaba bañando. Roberto estaba en su
habitación. Luis, Ana y Nora pasaban el tiempo. Salomón estaba en casa porque
se había esguinzado el tobillo jugando al fútbol y le habían ordenado reposo.
Luis escuchó el timbre y algo intuyó. Tenía 15 años.
—Policía Federal—
dijeron.
Le avisó a su padre. Que
los hiciera pasar, le respondió Salomón. Los hombres se quedaron en el living
hasta que llegó el jefe de familia, rengueando. Estaban tranquilos.
—Doctor, nos va a tener
que acompañar.
Uno mostró una
credencial. Salomón pidió unos minutos para vestirse. Aceptaron.
— ¿Por qué renguea?
La explicación los
conformó. Uno lo acompañó hasta la habitación mientras otro revisaba
cansinamente la casa. Cuando se retiraban, sus cinco hijos se agolparon
alrededor de los intrusos, preguntando dónde lo llevaban y cuándo lo iban a
volver a ver.
—Ya van a tener noticias
de él.
Un rato más tarde
volvieron a allanar la casa, ahora con más ímpetu: buscaban armas.
El trato amable contra Gerchunoff se terminó a bordo del auto. Lo vendaron y lo golpearon. Según la narración de Salomón –la volcó en una denuncia civil de daños y perjuicios-, lo llevaron unas horas a La Ribera y después a La Perla, donde estuvo unos 50 días. “Nunca contó demasiado. Después nos fuimos enterando de simulacros de fusilamiento y de lo tremendo de los traslados”, cuenta ahora su hijo. Las noticias llegaron en la navidad del ’77, cuando el director de la penitenciaría de San Martín reconoció que estaba preso allí. Después pasó por distintas cárceles –San Martín, Sierra Chica, La Plata, Caseros, otra vez La Plata-: cada traslado era una tortura brutal. En 1981 lo dejaron en libertad.
A Gerchunoff le habían
avisado unos minutos antes que iban a apresarlo. Estaban amenazados por la
Triple A, y habían descubierto que “Cacho” de la Peña, un compañero de militancia,
no había muerto durante un robo sino a manos de personal del Tercer Cuerpo.
Cuando recibió el llamado, Gerchunoff dudó qué hacer, pero finalmente se quedó
porque si no lo encontraban a él se iban a llevar a sus hijos. Sólo pudo
avisarle a su mujer Eva Maltz, arquitecta y comunista, que no volviera.
—Creo que todo el tiempo
que mi padre estuvo en La Perla estuvo ahí— dice ahora Luis, sin certezas, casi
pensando en voz alta—. Él nunca contó.
El sótano
Salomón preservó a su
familia del martirio del cautiverio, y de lo que pasó en el sótano hediondo de
la estancia de Menéndez. Quien sí lo relató fue Piero Di Monte, uno de los
sobrevivientes que más tiempo pasó secuestrado por el Tercer Cuerpo, primero
para el libro “La Perla” -escrito por los periodistas Alejo Gómez Jacobo y Ana
Mariani- y después en una declaración judicial estremecedora que duró más de
seis horas.
— Yo lo vi a Gerchunoff.
Estaba en muy mal estado, maltratado, en un camastro en La Ochoa.
Di Monte había sido
llevado a La Ochoa para asistir al chef en una cena que ofrecía el dueño de
casa. "Piero recordó que allí encontró a otros secuestrados, "Osvaldo
Pinchevsky y Gustavo Contepomi, y que cambió con ellos algunas palabras (...)
Después le ordenaron que juntara pasta con carne en un plato y la llevara a un
cuarto cerrado del subsuelo", cuentan los autores del libro "La
Perla". Tirado en la cama, Di Monte vio a Salomón Gerchunoff.
—Le di de comer en la
boca y hasta le acaricié el pelo. Le dije ‘no tenga miedo, no lo van a matar’.
El me miró con cara de no entender. Lo que él no sabía es que tal vez de la
estancia salía. De La Perla no— declaró Di Monte y destacó Plattía en Página 12.
Salomón Gerchunoff murió
en 2002, después que su esposa y antes de la reapertura de los juicios. Hoy su
hijo lo recuerda como un hombre recto y parco.
—Era un tipo de campo,
judío. Digno, dignísimo. Expresaba el afecto de una manera muy particular. Para
él vos tenías que estudiar, militar y trabajar. El partido para él era
prioridad uno; después venía la familia.
La biblioteca oculta
En 1980, trastornada por
la ausencia forzada de su esposo y casi en bancarrota, Eva decidió vender la
casa del Parque Vélez Sarfield de dónde se habían llevado a Salomón. Habían
tenido que dejar hasta la perra. En una baulera del baño, disimulada con una pared
falsa, habían empotrado la biblioteca familiar. El nuevo comprador nunca les
había permitido recuperarla. En 2008, una inquilina que había oído rumores de
su existencia, se cruzó por casualidad a una de las hermanas y los invitó a
señalarla.
Veintiocho años después,
los hijos y los nietos de Salomón buscaron el tesoro olvidado en el doble techo
del baño. Entre las piezas reaparecidas hubo una que hizo lamentar mucho a Luis
la partida de su padre. Un folleto con la “Oda a la mariposa” y la “Oda a la pantera
negra” de Pablo Neruda, impresa en 1956. Ese año, en plena dictadura de
Lonardi, el poeta chileno se había exiliado en una legendaria estancia de
Totoral, frecuentada también por Gerchunoff.
Luis exhibe ahora el
ejemplar 44 de una edición de medio millar. Lleva la firma de puño y letra de
Neruda, y una dedicatoria. Está orgulloso.
—Uno se lo dedicó a mi
papá.

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